Artesanías

La calavera en México

19 Jul , 2018  

 

Las calaveras en la cultura mexicana siempre han sido un ícono, sobre todo, en las festividades de cada año por el Dia de Muertos. Es esta época se elaboran muchas de calaveras de ceramica, azúcar y chocolate, además de papel picado y cientos de flores de cempasúchil.

Nacieron como una forma de expresar puntos de vista o sentimientos a modo de epitafio burlesco durante el siglo XIX.  Las Calaveras literarias fueron publicadas por primera vez en 1849 por el periódico “El Socialista” de Guadalajara.

Estas calaveras suelen acompañarse de “La Catrina“, una figura creada por José Guadalupe Posada y nombrada así por el gran muralista mexicano Diego Rivera. Las calaveras se caracterizan por retratar la realidad de una situación, de una persona, personaje o incluso de un país con un estilo irreverente en forma de epitafio. Algunas veces con sentimientos encontrados o bien que en una situación normal sería difícil de expresar a menos que la persona estuviera muerta.

El culto de las calaveras no es exclusivo de México, ya que deriva del culto a los difuntos, una de las formas de adoración que más se ha repetido a lo largo de diferentes épocas en prácticamente todas las culturas del planeta. Cualquier cosmogonía (mito de la creación del mundo) elaborada por un núcleo social le otorgaba gran importancia a la figura de la muerte, tanto como personificación antropomorfa como en sus ritos de paso asociados.

En Mesoamérica, desde hace más de 3000 años la gran mayoría de sus pueblos veneraban los huesos de sus antepasados como si fueran representaciones de sus dioses, en especial sus calaveras, que consideraban un modo de comunicación con el otro mundo. Pero serían los mexicas o aztecas quienes demostraran una mayor devoción por el símbolo de la calavera, traspasando los umbrales del culto familiar y trasladándolo a templos y objetos de poder.

Uno de los ejemplos más estremecedores es el Tzompatli, literalmente “hileras de cabezas”, consistente en unas estacas verticales cruzadas por otras horizontales donde se insertaban los cráneos de los enemigos, para después emplazarlos en un altar. En la capital tolteca se hallaron 60.000 cráneos humanos cuando llegaron los españoles, acontecimiento que supuso el fin de la religión local y la abolición de estas prácticas.

 

 

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